
Una caída de esta magnitud no puede despacharse como un mal año y punto. El clima pesa, por supuesto, pero la repetición de campañas extremas ya no es una anomalía; es parte del nuevo escenario productivo. Y eso obliga a revisar cómo se asegura, se financia y se planifica el cereal.
El agricultor afronta menos producción, más incertidumbre y una estructura de costes que no afloja. Cuando la cosecha falla, fallan también la inversión futura, la capacidad de resistir y el ánimo para seguir en la actividad. Ahí aparece la dimensión real del problema: no es solo productiva, es empresarial y territorial.
Seguir llamando excepcional a lo recurrente es una forma de no hacer reformas. El cereal necesita adaptación seria, no compasión estacional.
Artículo de opinión elaborado a partir de la información publicada originalmente en La cosecha de cereal se desploma un 42 % en Castilla y León y cae a 4,90 millones de toneladas.